La densidad tiene aspectos que la conciencia desconoce. Es la razón por la cual, si no te sientes en un laberinto, es porque estás claramente envuelto en una selva, cuya dulce tirantez está latente, dispuesta a desafiar el programa del mundo material, solo que la imaginación no ha germinado lo suficiente como para poder enfrentar esos antagonismos energéticos que están cargados de información, cuya maquinaria de relojería nos conduciría a la eternidad.
El Navaratri 2026, celebrado recientemente (11-19 de octubre) en el Ashram Caminantes del Amanecer, Cuenca, Ecuador, y bajo la guía de Mataji Shaktiananda, como hemos reiterado en otras oportunidades, no es solo el yo que se va emancipando, el ser humano que busca alinearse en ese presente que no tiene fin, la auténtica representación tangible de lo eterno, su riqueza y su belleza; es forjar fundamentos para una existencia que demanda luz. Y es que, si la verdad habita en las profundidades, son esas hondonadas desde donde la Shakti, como fuerza restauradora, ajusta tus desajustes.
La poderosa voz interior, la orientación, la ruptura, la aceptación, la compañía, la soledad, la laboriosa intención de preservar el aliento en momentos que trascienden espacio y tiempo, si se quiere, hacen que estas categorías culturales -felicidad, bienestar, seguridad, identidad- se evaporen cuando el ser humano se demanifiesta. Conciencia pura. La mente se halla inscrita en su propia dimensionalidad. El destino humano depende de ella, ha de sujetarse con la intención de producir amor.
Nueve noches que intencionaron luz, entendimiento, armonía, lucidez. Una frecuencia que se percibe desde un apartado de la conciencia que ella misma se procura negar. El ego dispone de sus recursos, pero la luz, cuando decide apartarlo, lo aparta. Voluntad pura, con propósito claro, siempre impone su ley. Libre albedrío y la plena consciencia del saber estar, que nos otorgó la introspección directa con las tres energías transformadoras, como fundamento del trayecto, no de otro, sino de un Navaratri imperecedero; Mahakali, Mahalakshmi y Mahasarasvati. Solo quien experimentó el evento, solo quien estuvo allí, solo quien percibió el grosor de sus propios contenidos, comprende lo que es “atravesar la oscuridad, restaurar el orden y reforzar la entrega”.
Una atmósfera espiritual, un contexto de tradición védica, una muy desarrollada visión del hacia dónde nos dirigimos cuando estamos convencidos de la urgente necesidad de ser libres. Anhelo que también es fuente de belleza. Un lienzo que nos conduce a la Unidad. Al no tiempo se le llega confiando en el despegue; el despegue se produce cuando la sutilidad rige el todo y las partes que estuvieron alimentadas por la ignorancia metafísica. Hay aspectos que no están para ser comprendidos, sino experimentados. En ese ejercicio subyace la verdad; concordancia armoniosa entre ser y estar.
En todo ese devenir sujeto espiritual-recurso habilitado, el sobresalto o aprensión, resulta un camino necesario, que hasta monta un coloquio imaginario para extasiarse con la realidad, y luego, es derretido. Allí donde se exige honestidad, emerge un carácter convencido de su sanación. La Shakti -energía que hace visible lo invisible- que te traslada de un extremo a otro, de la insensatez al discernimiento. Existió el momento, el escenario, la atmósfera y una causalidad en todos los eventos que elevó la frecuencia a estadios elocuentes.
Escuchamos verdades irrenunciables; la inmersión de Durga en el kunda, emanadora de vitalidad y constancia; metáforas que trascienden la sinfonía del ethos como estructura de pensamiento, esa credibilidad donde el logos es perfectamente ininteligible; solo saben quienes saben que están. Dado que la experiencia se habita, y habitarla es producir el encantamiento necesario para la liberación. Siempre presente, humildad y coherencia: la verdad opera con la belleza, y esta, una vez más ratificada en este pletórico Navaratri, es el resplandor de esa verdad.
Satyam, realidad interna, inmutable y eterna.




