Jacob Boehme (1575–1624), místico y filósofo alemán conocido como “el teósofo de Görlitz”, fue un alma que encontró en la experiencia interior la fuente primordial de toda sabiduría pues, a pesar de no haber recibido estudios formales, su comprensión del misterio divino brotó de una contemplación directa, silenciosa y profunda, que lo llevó a vislumbrar verdades que trascienden el intelecto. En “Diálogos místicos”, Boehme despliega con una claridad serena su visión del universo, donde la luz no puede existir sin la sombra ni el amor manifestarse sin la tensión que lo impulsa a nacer. Para él, todo lo que vive participa de un eterno movimiento entre contrarios, un dinamismo sagrado que sostiene la creación y revela su naturaleza paradójica; el cosmos entero, según Boehme, es el cuerpo vivo de Dios, cada piedra, cada hoja, cada pensamiento se convierte en una sílaba de ese lenguaje infinito mediante el cual el Creador se pronuncia a sí mismo, y en el corazón humano arde ese mismo fuego divino.
DIÁLOGO I DISCÍPULO – MAESTRO
El discípulo dijo a su Maestro:- Señor, ¿cómo puedo alcanzar la vida suprasensible, de modo que pueda ver a Dios, y le pueda o ir hablar?
El maestro respondió y dijo:- Hijo mío, cuando puedas arrojarte a AQUELLO en donde no mora criatura alguna, aunque no fuera más que por un instante, entonces escucharás lo que Dios habla.
Discípulo. -¿Está ello allá donde no hay criatura alguna que habite en las proximidades; o se encuentra lejos?
Maestro. -Se encuentra en ti. Y si por un momento, hijo mío, pudieras cesar de todo tu pensamiento y voluntad escucharías las impronunciables palabras de Dios.
Discípulo: -¿Cómo puedo oírle hablar cuando detengo mis pensamientos y mi voluntad?
Maestro: -Cuando detengas el pensamiento de ti mismo, y la voluntad de ti mismo; «cuando tanto tu intelecto como tu voluntad estén en calma, y pasivos frente a las impresiones de la Palabra y del Espíritu Eternos; y cuando tu alma vuele por encima de lo temporal, de los sentidos externos, y tu imaginación sea aprisionada por la abstracción santa», entonces la escucha, la visión y el habla eternas se revelarán dentro de ti. Entonces Dios escucha «y ve a través de ti”, pues eres ahora un órgano de su espíritu. Y Dios habla entonces de ti, y susurra a tu espíritu y tu espíritu escucha su voz. Bendito seas por tanto si puedes detener tus pensamientos y tu voluntad, y puedes detener la rueda de tu imaginación y de tus sentidos; pues gracias a esto podrás finalmente llegar a ver la gran salvación de Dios, habiéndote vuelto capaz de toda clase de sensaciones divinas y comunicaciones celestiales. Pues no son sino tu propia escucha y tu propia voluntad quienes obstaculizan, de modo que te impiden ver y oír a Dios.
Discípulo: -Pero, ¿dónde escucharé y veré a Dios, siendo así que él se halla por encima de la Naturaleza y de la criatura?
Maestro: -Hijo mío, cuando estás en calma y silencioso, entonces eres como era Dios antes de la Naturaleza y de la criatura; eres aquello que Dios fue. Eres aquello a partir de lo cual Dios hizo tu naturaleza y criatura. Entonces escuchas, y ves con aquello con lo que Dios vio y escuchó en ti antes incluso de que tu propia voluntad o tu propia vista comenzaran.
Discípulo: – ¿Qué es lo que ahora me obstaculiza o echa para atrás, de modo que no puedo llegar a aquello con lo cual Dios ha de ser visto y escuchado?
Maestro: -Nada en verdad, salvo tu propia voluntad, tu escucha y tu visión, que son quienes te separan de ello, y quienes te obstaculizan para alcanzar este estado suprasensible. Y has descendido y derivado, que te separas, con tu propia voluntad, de la voluntad de Dios, y con tu propia vista de la vista de Dios. En tanto en cuanto con tu propia vista ves sólo en tu propia voluntad, en la misma medida te hallarás escindido de la voluntad divina. Más aún, esta voluntad tuya detiene tu escucha y te hace sordo a Dios, pues piensas en cosas terrenales, y atiendes a lo que está fuera de ti, llevándote así a un terreno en el que quedas atrapado y cautivo de la Naturaleza. Y habiéndote llevado hasta aquí, te cubre con ello que deseas; te ata con tus propias cadenas, y te mantiene en tu propia prisión oscura que tú mismo te haces, de modo que no puedes salir de ahí: o llegar al estado sobrenatural y suprasensible.
Discípulo: -Pero dado que estoy en la Naturaleza, y así encadenado con mis propias cadenas y por mi propia voluntad natural, te ruego señor que seas tan amable de decirme como puedo llegar a través de la Naturaleza hasta el terreno suprasensible y sobrenatural sin destruir a la Naturaleza.
Maestro: -Tres cosas se requieren para esto. La primera, que resignes tu voluntad ante la de Dios y te hundas hasta el pozo en su misericordia. La segunda, que odies tu propia voluntad y te prohíbas hacer aquello a lo que te conduce tu propia voluntad. La tercera, que inclines tu alma ante la cruz, sometiéndote a ella de corazón, de modo que puedas resistir las tentaciones de la Naturaleza y de la criatura. Y si esto haces, sabe que Dios hablará en tu interior, y llevará hacia ti tu propia voluntad, hacia el terreno sobrenatural; y entonces, hijo mío, escucharás lo que el Señor habla en ti.
Discípulo: -Estas son duras palabras, maestro; pues debería renunciar al mundo así como a mi vida si lo hiciese.
Maestro: -No te desalientes por ello. Si renuncias al mundo, llegas a aquello a partir de lo cual se ha hecho el mundo; y si pierdes tu vida, entonces tu vida se halla en aquello para lo cual renuncias a ella. Tu vida está en Dios, de quien provino para entrar en tu cuerpo; y conforme tu propio poder se desvanezca y se vuelva débil y agonizante, el poder de Dios obrara en ti a través de ti.
Discípulo: -No obstante, puesto que Dios ha creado al hombre en y para la vida natural, para que rija sobre todas las criaturas de la tierra, y para que sea el señor de todas la cosas de este mundo, no parece del todo irracional que el hombre deba poseer este mundo y sus cosa como propias.
Maestro: -Si sólo riges sobre todas las criaturas exteriormente, ello no vale mucho. Pero si tu inclinación es la de poseer todas las cosas y la de ser señor de todas las cosas de este mundo, hay otro método distinto por el que puedes conducirte.
Discípulo: -Te suplico me digas cómo puede ser eso. ¿Qué método he de seguir para llegar a esta soberanía?
Maestro: -Has de aprender a distinguir bien entre la cosa y aquello que es sólo una imagen de ella, entre esa soberanía y que es sustancial, y que se encuentra en el terreno o Naturaleza internos, y la que es imaginaria, y que se encuentra en una forma o semejanza externa; entre lo que es propiamente angelical y aquello que tan sólo es bestial. Si ahora riges sobre las criaturas solamente de modo externo y no de sde el terreno exterior de tu naturaleza renovada, que es el correcto, entonces tu voluntad y tu regencia serán verdaderamente de una clase muy bestial, y el tuyo será en el mejor de los casos un gobierno imaginario y transitorio, carente de lo que es sustancial y permanente, que es lo único que debes desear y lo único por lo cual esforzarte. Es así que dominando externamente sobre las criaturas, te es muy fácil perder la sustancia y la realidad, no quedándote sino la imagen y sombra de tu primer y original dominio, con el cual puedes ser investido de nuevo, si eres sabio, y tomas tu investidura del señor supremo en el curso y manera apropiados. Mientras que por tu voluntad y regencia de un modo bestial introduces también tu deseo en una esencia bestial, por medio de lo cual te infectas y te vuelves cautivo en ella, obteniendo así una naturaleza y una condición de vida bestiales. Pero si te has desprendido de tu naturaleza bestial y feroz, si has dejado la vida imaginaria y abandonado la baja condición figurada de ella, has llegado a la sobreimaginación y a la vida intelectual, un estado de vida que se halla por encima de las imágenes, las figuras y las sombras. Y así regirás sobre todas las criaturas, habiéndote reunido con tu origen en ese mismo cimiento o fuente del cual fueron y son creadas; y de aquí en adelante nada de la tierra podrá dañarte. Pues eres como todas las cosas; y nada es distinto de ti.
Discípulo: -Oh, amado maestro, te ruego que me enseñes cuál es el camino más corto por el que puedo llegar a ser como todas las cosas.
Maestro: -Con todo mi corazón. Simplemente piensa en las palabras de nuestro Señor Jesucristo, cuando dijo: “Salvo que os convirtáis y os volváis como niños pequeños, no entraréis en el Reino de los Cielos. «No hay camino más corto que éste; ni puede encontrarse un camino mejor. Verdaderamente, Jesús te dice que a no ser que cambies y te vuelvas como un niño, dependiendo de él para todas las cosas, no verás el reino de Dios. Haz esto, y nada podrá dañarte, pues serás amigo de todas las cosas que existen, ya que dependerás del autor y fuente de ellas, y que te volverás como él por tal dependencia, y por la unión de tu voluntad con su voluntad. Pero advierte lo que aún tengo que decir, y no te azores por ello, aunque al principio pueda resultarte difícil concebirlo. Si deseas ser cómo todas las cosas, debes alejar tu deseo de todas ellas, y no desear ni ansiar ninguna de ellas; no debes extender tu voluntad para poseerlas para ti, o como si fuesen tuyas, lo que es algo, sea este algo lo que sea. Pues tan pronto como tomas algo en tu deseo, y lo recibes en ti como algo propio, o de tu propiedad, entonces este mismo algo (sea cual sea su naturaleza) se identifica contigo mismo, y obra en tu voluntad, estando tú entonces obligado a protegerlo y a cuidarlo, como si formase parte de tu propio ser. Pero si no recibes nada en tu deseo, eres entonces libre de todas las cosas, y riges sobre todas las cosas al mismo tiempo, como si fueses un príncipe de Dios. Pues no has recibido nada para ti mismo, y eres como nada para todas las cosas; y todas las cosas son como nada para ti. Eres como un niño que no entiende lo que es una cosa; y aunque quizá la entiendas, sin embargo la entiendes sin mezclarte con ella, y sin que ella afecte o toque tu percepción sensiblemente, del mismo modo que Dios gobierna y ve todas las cosas, comprendiendo él todas las cosas, y sin que estas en cambio le comprendan a él.

