Pasan los días, pasan los momentos de pesares, pasan las circunstancias que tanto dolor generaron, y lo que esperamos que pase, no pasa. El doble terremoto del 24 de junio -el lógico instinto de la naturaleza que seguimos sin saber interpretarla, y la juzgamos- nos terminó de enterrar en la garganta, ese infectado alfiler de la inconsciencia. El sacudón también activó los residuos de una actitud indecorosa, miserable, esos programas de mezquindad que siempre han estado al servicio de la oscuridad.
¿Y, que es eso que no termina de pasar? La sensatez frente a la tragedia, el respeto por la víctima, el amor al prójimo, el decoro como virtud, la asistencia integral. Para eso se necesita mucha elevación, estado del alma que, por cierto, no podemos ocultar, ha estado presente, -innegable esfuerzo ciudadano- pero para que sea el motor decisivo, que haga contrapeso al catastrófico momento, debe ser el eje central de la entrega como plan del Estado. Claro, el debate aquí es cuál estado, cuál gobierno, cuál autoridad.
La solidaridad fue y sigue siendo una piedra angular del espontáneo gesto de la población, y el determinante aporte de la ayuda internacional, no pocas de ellas, execradas por el régimen tutelado. ¿Cómo, a una semana del golpe, estaríamos si no hubiera existido ese espíritu de fraternidad de una ciudadanía debilitada por tantos años de olvido, y que ahora se abocó a asumir un rol sorpresivo?
No es un juego de palabras, “solo el pueblo salva al pueblo”. Un pueblo sin herramientas, sin dirección, sin un mínimo de preparación, bajo el principio de que se rescata con lo que hay, y no con lo que debería existir, ratifica el tamaño del corazón del rescatista. Eso ha abundado, y ese fenómeno social de amparo, es el sitio donde mejor se aprende a ser mejor persona. Es el tipo de respaldo y unión que se suman a las formas del ser del venezolano, aunque hay de todo en la viña del señor.
Dentro del pandemónium surgen algunas singularidades. Una de ellas: ¿Cómo no podía haber un show digital, además, consumido globalmente, con unas redes sociales en plena efervescencia, con una cultura del espectáculo asociada al frenesí colectivo de las circunstancias, y unos deseos de articular una información por encima de todo código ético? Más allá del invalorable socorro, del salvar vidas -en este terreno nada es criticable, en el sentido de que en principio se hizo con las uñas, y ahora, los expertos nacionales e internacionales siguen removiendo escombros- estamos en presencia de lo que el sociólogo francés Jean Baudrillard denominaba “pornografía de la información”. Sí, allí donde el sufrimiento se consume a distancia.
Y es que el deslave de La Guaira, en diciembre de 1999, no ocupó tanto espacio en la psique del venezolano como la tragedia actual. En esa ocasión aún no había llegado al país los celulares con cámara. Los primeros modelos se vendieron en Japón. En tal sentido, el nacimiento del espectáculo de la tragedia, en redes, tal como se percibe en el doble terremoto de Venezuela, tiene su partida de nacimiento en el movimiento sísmico 9.0 – 9.1 grados y tsunami de Japón del 11 de marzo de 2011, que dejó cerca de 20 mil víctimas.
Curiosamente, en el mismo momento en que la tierra se movía y el mar entraba en la ciudad de Sendai, provincia de Miyagi, miles de personas comenzaron a transmitir en vivo, o a subir videos a YouTube y Twitter (hoy X), en cuestión de minutos. El mundo no se enteró por la televisión; se enteró porque las redes sociales se inundaron de contenido directo, al igual que en Venezuela.
El impacto mediático ha superado al terremoto. ¿Por qué? Porque el consumo de morbo en tiempo real y la adrenalina digital del momento terminan asfixiando a lo fáctico. El dolor se transforma en mercancía. Después de la saturación, el peligro real no es el olvido, sino la normalización del horror. La tragedia se vuelve paisaje, un evento más en la lista del entretenimiento masivo. Mientras más observamos, menos nos afecta.
La verdad, finalmente, queda sepultada bajo los escombros. Ni el espectáculo puede rescatarla.


Lo sorprendente es toparse crudamente con los dos tipos de humanos, los conscientes y lo que no. En medio de una tragedia, es el miedo quien impulsa y saca la mas oscuro de todos. Gracias al camino andado con Shakti, puedo ver esa diferencia y desde la compasión y la solidaridad, actuar en consecuencia. Es muy duro vivir en lo que queda de un país…… y no por el terremoto. Desde hace rato que no somos ciudadanos, sino numeros o votos que es lo peor……. Agradecida amada Ma, por sus palabras certeras y que hacen que se me sacuda la visión consciente para observar lo que sucede y como me afecta……
Ojalá nunca perdamos la capacidad de conmovernos. Porque mientras el dolor del otro siga encontrando un lugar en nuestro corazón, la humanidad seguirá teniendo una oportunidad.
En esta escuela hemos aprendido a mirar más allá de lo evidente. A comprender que existen procesos energéticos, colectivos e individuales que, sin justificar el sufrimiento, pueden ayudarnos a encontrar un sentido más profundo frente a aquello que parece incomprensible.
Agradezco profundamente la guía de Shakti, porque en medio de tanta oscuridad nos guía a mirar y a vivenciar desde el Ser. A no quedarnos atrapados únicamente en el impacto de los acontecimientos, sino a sostener la conciencia, la compasión y la presencia. Con oración y amor. Om Namaha Shivaya.
Que el ver estas imágenes movilice en nosotros un sentimiento profundo de solidaridad, asistencia y respeto por quienes viven la existencia así.
que buen artículo, si, nos vemos enterado de lo que sucede realmente gracias a las redes, las noticias oficiales son falseadas tratando de ocultar una realidad que es imposible de tapar, otros se aprovechan para tomarse selfies ante el dolor, sin aportar nada, solo por un like y publicarlo, pero en general por las redes no solo se ha obtenido información, se han ubicado desaparecidos, hay grupos de apoyo y donaciones de voluntarios, ha habido una luz en medio de tanto dolor