El pasado 20 de agosto se despojó de su traje humano el fotógrafo venezolano Nelson Garrido, mi querido mentor. No me alcanzará este texto para contar las aventuras de su existencia radicalmente diferente.
Como hacedor de imágenes (expresión que prefería a la de fotógrafo, para alejarse del dogma de la profesión), generó un cuerpo de imágenes potentes y extrañas, que atraían e incomodaban a la vez. Eligiendo temas, estéticas y métodos marginales, entendió los códigos visuales de su tiempo mejor que nadie. Le dio a generaciones enteras de fotógrafos y artistas una carta blanca para crear desde la libertad. Todos los que lo recordamos hoy somos más libres, gracias a su manera de romper moldes y expectativas. Pero detrás de esa fuerza visible había algo casi secreto: una espiritualidad propia, que solo llegué a entender años después.
Nelson nació en Caracas en 1952. Hijo de un padre militar y diplomático, tuvo que exiliarse con su familia en Europa durante la dictadura perezjimenista. Gracias a su padre, también pintor y amigo de artistas en París, siendo apenas un adolescente entró como asistente al taller del creador cinético Carlos Cruz-Diez, a quien siempre consideró su maestro. Nelson contaba cómo ahí, en una especie de taller medieval, se formó en un espíritu de servicio que lo acompañaría para siempre.
Ese aprendizaje lo empujó, paradójicamente, a alejarse de los colores y las formas del cinetismo para encontrar su propio lenguaje, el que lo llevó a ganar el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1991.
En esa búsqueda autoral encontró en la puesta en escena un método natural, a contracorriente, para abordar lo social. En un entorno donde la práctica documental era la única vía legítima, incorporó la escenificación, la ficción y la autorrepresentación. Nelson encontró así otra manera de pelearse con las instituciones, a punta de preguntas incómodas.
Ese trabajo se nutrió, además, de su labor de años registrando fiestas populares. Esos viajes lo movilizaron por toda Venezuela y le enseñaron modos de espiritualidad y códigos que después supo extrapolar a su obra personal. Por eso sus puestas en escena golpeaban tan fuerte: al incluir elementos que todos reconocíamos, se sentían reales aunque fueran metáfora pura. Como pocos, pudo leer la realidad venezolana, nuestras fortalezas como pueblo, pero también nuestros naufragios.
Más allá de su obra, creo que lo más importante que hizo Nelson fue su labor docente. Desde 2002, La ONG (Organización Nelson Garrido, en un uso irónico de su propio nombre), se convirtió en un lugar de formación para muchos. Era una casa en Los Rosales que funcionaba como espacio de libertad y disidencia. La fotografía era su columna vertebral, pero ahí pasaban las cosas más diversas: encuentros entre gente inquieta que buscaba respuestas a preguntas incontestables.
Con el exilio venezolano de los últimos años, varios de sus estudiantes fundaron sus propias ONG en otras ciudades: Buenos Aires, Santiago o Madrid. Lo que empezó en una casa en Caracas, terminó multiplicándose por toda la región.
No conozco a nadie a quien Nelson no le haya cambiado la vida. Tenía ese poder transformador que se ve poco: te hacía verte a ti mismo, quizás por primera vez.
Nelson siempre contaba de un encuentro de su niñez, en esos años de exilio en Europa, cuando su familia lo llevó a ver al célebre Padre Pío de Pietrelcina, famoso por sus dones milagrosos y sus estigmas. Decía que eso lo marcó profundamente, y que toda su obra personal, anticlerical y sangrienta, estuvo atravesada por ese encuentro.
Conozco poca gente con una espiritualidad tan profunda como la de Nelson. Se sabía instrumento de energías que no sabía nombrar, una espiritualidad arcaica que no respondía a ninguna religión en particular. Eso es algo que mucha gente ignora de su obra: Nelson fungía como un chamán contemporáneo. Con un ojo total y una honestidad brutal, entendía el arte no como objeto decorativo, sino como un detonante ideológico para pensar más allá de lo evidente.
Hoy, mientras escribo esto, me conmueve y me alegra ver en redes tantos testimonios y anécdotas bizarras de gente a la que Nelson tocó tanto como a mí. Verlos me hace sentir menos triste.
Como él mismo dijo: «Hay que vivir con la muerte como compañera de viaje y saber que solo existe el hoy».

Foto 1: Un hindú en uno de los crematorios de Varanasi con una obra de Garrido estampada en su franela «Caracas sangrante». Foto tomada por Beto Gutiérrez

Foto 2. Mataji Shaktiananda, en una serie fotográfica que hizo el artista visual y fotógrafo, Nelson Garrido, en el año 2006.

Foto 3. Retrato de Garrido. Foto Beto Gutiérrez.
