Cada quien, dentro de su panóptico, observa todo aquello que su capacidad de contemplar y curiosear, le permite, aun en medio de los destilados que ofrece a la humanidad la IA. Porque no es solo su tentación, de desplazar al ser humano de su centro, es el goce que experimenta el sujeto por estar al día en las grandes mutaciones sociales y de ir admitiendo que, en los procesos, unos ganan, otros pierden; aunque los roles se entremezclen, las dinámicas violenten los significados, y la naturaleza del bien y el mal, sea también, objeto de transformación.
Pero, no seamos pesimistas, que no hay tiempo para serlo, y menos optimista, cuya fuente de toda promesa, de estabilidad emocional o ambición excesiva, es un estado de conciencia a prueba de todo. La fuerza canónica del estado primitivo de las instituciones marca un inicio, y un final que se traduce en otro inicio: el implante de un armatoste digital, cuya obesidad responde más a su memorable tendencia a devorar todo lo susceptible de ser neutralizado, que a su consciente utilidad.
Desde la lógica de la negación, la fórmula irónica de la igualdad, la arrogancia religiosa, el discurso del oprimido y el opresor, los populismos, lo inclusivo y lo excluyente, el bochinche de los supremacistas, la cohorte de los terroristas digitales, la lucha por el coltán, los conflictos bélicos, hasta el hambre y la inmigración, todo un repertorio de inquietudes, un universo pleonástico, en la medida en que sus formulaciones revisten diversos matices, unos más urgentes que otros, que atrapados en la metástasis kármica, añaden a la humanidad apenas un pasaje de la Eclesiastés: “No hay nada nuevo bajo el sol…las cosa que observan nuestros ojos ya pasaron en los siglos anteriores”.
Nada de precipitarnos hacia el abismo de las tentaciones. El hecho bruto, irresistible, es saber que tenemos que actuar, pero no sabemos cómo. Y, cuando procedemos, obramos bajo cuestionados criterios. En un planeta hiperconectado por la savia glocal -mezcla de lo global y lo local- los gestos de conmiseración y respeto, son escasos para no decir nulos.
Ahora que se celebran los 80 años de la carbonización de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, -06 y 09 de agosto, 1945- una descomunal tentación, que terminó como la más grande aberración de siglo XX, que pudo haberse evitado, el mes de junio pasado, estuvo recrudeciendo, con otras características, casi el mismo empecinamiento irracional de hace ocho décadas: este universo, botín de inescrutables fuerzas cósmicas, lo domino yo. Y, nuevamente, un gobierno, dizque restaurador de las democracias, con sus aliados, allí, en la vanguardia del mal.
Y es que los absorbe el mismo ciclo. Hoy controlo, mañana también. Hay nueve países con armamentos nucleares, con un poder tan extraordinariamente destructor, que cuando se vean tentados en jugar con el verdadero fuego de sus reservas, el trozo de planeta que desaparecería, con todo y población, superaría, a escala, el mordisco del logo de la manzana de Apple.
Entretanto, implosionan las consciencias, la verdad es torpedeada por los mecanismos y métodos estructurados por los archiconocidos hegemones, que no ceden en su consabida guerra global de controlar la información, incluso, hasta aquellas mentiras de laboratorio, que trituran la razón. Como son promotores de sus propias calamidades, es difícil medir el grado de descrédito entre lo que ocultan y hacen público.
Disponen del lenguaje, los algoritmos, del dinero contante y sonante, más las criptomonedas, del semblante de los estados partidarios, para sembrar el silencioso caos de la progresiva desaparición de la voluntad divina.
Todo le seduce. Y para enmarañar más el discurso, ¡amparaos! eso sí, en la reivindicación de un derecho.


todo está basado en la riqueza de unos pocos y el sometimiento y control de la masa humana ,se puede trabajar en luz para cambiar este mundo tan perverso ONS