¿Puede el ser humano llegar a estados trascendentes del alma solo a través del color? Mark Rothko fue un pintor estadounidense, nacido en 1903 en Rusia en el seno de una familia judía intelectual. Se dedicó al arte y estudió en la Universidad de Yale, la cual abandonó. Como muchos pintores de su época, comenzó con la figuración hasta que sintió que lo que le ocurría dentro no lograba expresarlo a través de ella. Podríamos decir que se sentía limitado por las líneas y las formas; por eso, su paso a la abstracción responde a una necesidad interna, casi existencial.
Es alrededor de 1950 cuando Rothko comienza con sus primeras pinturas abstractas. Si bien para el espectador descuidado pueden parecer “simples colores”, la técnica utilizada era la de los maestros venecianos del siglo XV y XVI: las veladuras. Colores lavados y disueltos que nos hacen perder la noción de qué fue primero; el tiempo y el espacio se diluyen en estas tonalidades y pigmentos, en estos grandes lienzos sin marcos donde el color no tiene límites en sus bordes.
El expresionismo abstracto necesita que el espectador se conecte realmente con la obra, que se tome su tiempo, que contemple en silencio. Para Rothko, la distancia ideal para observar sus obras era de 45 cm aproximadamente; esta cercanía, sumado a sus grandes formatos, hacía que la realidad externa se desvaneciera hasta permitirnos ser uno con el color, sumergirnos en una experiencia inmersiva, íntima y espiritual.
En un mundo con tantos estímulos, donde todo es veloz y nos comunicamos con emojis porque es más rápido que la palabra, pararse frente a una obra por al menos quince minutos parece inverosímil. Como dice Byung-Chul Han: “La hiperactividad nos priva de toda capacidad contemplativa”. Aunque si lo hacemos, si nos detenemos a contemplar, podemos notar cómo esos colores parecen respirar, absorbiéndonos en una experiencia meditativa de transformación.
“La evolución de la obra de un pintor tenderá hacia la claridad: hacia la eliminación de todos los obstáculos entre el pintor y la idea, y entre la idea y el observador”.
Esta frase de Rothko nos invita a reflexionar sobre nuestra existencia. Nos hemos llenado de tanto que nos hemos desconectado de nosotros mismos; perdimos la comunicación propia, sin ego. Es por esto que, quizás, esta “nada” aparente —percibida en veladuras sin figuras— es la que finalmente nos permite escuchar nuestros propios contenidos, mostrándonos sentimientos donde la razón ya no puede intervenir.
Finalmente, esta búsqueda de lo universal alcanza su grado máximo en La Capilla, la cual se podría decir que fue su obra más trascendental. Es un espacio octogonal con un tragaluz en el techo y catorce grandes lienzos que van desde el negro a tonalidades grises y púrpuras, realizados específicamente para este lugar. Podríamos decir que estas pinturas y el espacio son uno solo; entrar en ella, sentir el silencio y estar en silencio nos hace percibirlas como portales a un vacío casi sacro.
La obra en la capilla fue encargada por John y Dominique De Menil para la Universidad de St. Thomas en Houston. En palabras de Dominique De Menil:
“La Capilla Rothko se orienta hacia lo sagrado, pero no impone un entorno tradicional. Ofrece un lugar donde se puede encontrar una orientación común: una orientación hacia Dios, nombrado o innombrable, una orientación hacia las más altas aspiraciones del ser humano y los llamados más íntimos de la conciencia”.
En la Capilla, Rothko nos obliga a abandonar el ego y la prisa del mundo exterior para enfrentarnos a ese silencio “tan preciso” que pareciera ser la vía para nuestro propio encuentro.
Rothko no alcanzó a visitar y vivenciar la Capilla terminada, inaugurada en 1971, un año después de su partida. En 1972 se pudo escuchar en ese mismo espacio la composición de Morton Feldman, músico y amigo del pintor; una pieza musical en homenaje póstumo, influenciada por la experiencia del espacio.
Los invitamos a ver algunas pinturas de Rothko. Si bien a través de una pantalla no podríamos vivenciarlas como hemos descrito, es un vistazo para bañarnos de color y, por qué no, para escuchar a Feldman.
Escuchar aquí: Morton Feldman – Rothko Chapel
Fuentes consultadas:
-Rothko, Mark (2007). Escritos sobre arte (1934-1969). Editado por Miguel López-Remiro. Editorial Paidós.
-Rothko, Mark (2004). La realidad del artista: Filosofías del arte. Editorial Síntesis.
–Han, Byung-Chul (2023). Vita Contemplativa: Elogio de la inactividad. Editorial Taurus.


Rothko es una experiencia de color que te llega a lo más profundo de tu ser, mueve y conmueve y este texto te sumerge en los principios que Rothko tenía para invitarte a vivir su obra como una experiencia interna.
Gracias Bernardita
Que concepción maravillosa que le ofrece al espectador ir hacia si mismo observándose allí, siendo el punto central de una obra que despejada de conceptos o símbolos lo coloca frente a sus contenidos en un espacio diseñando para percibir paz.
Agradecida