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Home Consciencia

REVERÓN: «DIOS ES UNO MISMO. EL HOMBRE ES DIOS»  

by Bernardita Rakos | SKY Chile
julio 16, 2026
in Consciencia
6
REVERÓN: «DIOS ES UNO MISMO. EL HOMBRE ES DIOS»  
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La luz, tema de tantos artistas, ¿cómo representarla? ¿cómo plasmarla? El tema del pintor venezolano, Armando Reverón según sus palabras, ¿cómo conquistarla? ¿Y es que acaso la luz se puede conquistar?

—Qué cosa tan seria es la luz —dijo—. ¿Cómo podemos conquistar la luz? Yo he intentado. Y esa es mi lucha.

Estas palabras se las dijo en 1953, menos de dos años antes de morir, al periodista Oscar Yanes, a quien Reverón recibió en el Castillete. Ya enfermo, ya consciente de que el tiempo se le acababa, el pintor no habló de técnica ni de pintura como oficio, habló de la luz.

Armando Reverón nació en Caracas, Venezuela, el 10 de mayo de 1889 y murió en la misma ciudad el 18 de septiembre de 1954. Hijo único de un matrimonio inestable, pasó buena parte de su infancia lejos de sus padres. Se formó en la Academia de Bellas Artes de Caracas y, gracias a una beca, estudió en Barcelona y Madrid, donde la pintura de Goya lo marcaría para siempre. Pero fue en 1921, al mudarse a Macuto y levantar con sus propias manos El Castillete —su taller, su casa y, como veremos, su templo—, cuando Reverón encontró el tema que organizaría el resto de su vida: la luz cegadora del litoral venezolano.

Su obra suele dividirse en tres etapas cromáticas: la azul (1919-1924), la blanca (1925-1937) y la sepia (1937-1946). Es en la etapa blanca donde ocurre lo esencial: Reverón deja de intentar representar el paisaje de Macuto y empieza a representar lo que ese paisaje le hacía a los ojos. Sus lienzos se vacían; los colores se degradan hacia un gris lechoso, casi mate; los objetos —una figura, un rancho, una playa— dejan de ser el tema y se convierten en poco más que una excusa para pintar la luz misma.

Coquetea, en ese intento, con el borde mismo de la abstracción, pero nunca lo cruza del todo. No llega a una claridad monocroma absoluta ni vuelve tampoco a la figuración plena. Se queda exactamente en el umbral. Décadas después, el curador y ensayista Luis Pérez-Oramas —hoy la referencia más importante sobre la obra de Reverón— lo diría con una fórmula que parece escrita para ese umbral: «La luz absoluta conlleva la desaparición de lo visible».

Ese mismo umbral organizaba también su vida cotidiana. Reverón vivía aislado, de una forma más cercana a la de un asceta o un sadhu que a la de un pintor convencional, al punto de que algunos llegaron a llamarlo «el loco de Macuto». Su cotidianidad estaba llena de rituales que preparaban el cuerpo para el intento de cada lienzo. No pintaba de manera espontánea. Antes de ponerse frente al cuadro, se aislaba tapándose los oídos con algodón, buscando un silencio que le permitiera, según quienes lo vieron hacerlo, comunicarse con su ser interno en una suerte de ceremonia.

Andaba descalzo, para tener contacto directo con la tierra que después pintaría. Se ceñía la cintura: El Quijote a la altura del vientre, la Biblia a la altura de los riñones —una frontera física entre lo que consideraba lo terrenal, abajo, y lo espiritual, arriba. Esa misma lógica regía los objetos que poblaban el Castillete. Según Pérez-Oramas, sus cuadros, sus muñecas y sus objetos tienen el mismo valor icónico que tenían, antes de que existiera la idea moderna de arte, los objetos hechos por motivos rituales o religiosos. Ese fue, quizás, el límite exacto donde Reverón se detuvo.

Hay una frase que se le atribuye a Reverón, menos citada que las que hablan de la luz, pero igual de reveladora: «Dios es uno mismo. El Hombre es Dios.» Dicha así, sin rodeos, parece el punto donde toda su búsqueda desemboca: si el objetivo final es disolver la distancia entre quien mira y lo que se mira —entre el cuerpo y la tierra, entre el pintor y la luz—, entonces disolver también la distancia entre lo humano y lo divino es, dentro de esa misma lógica, el paso siguiente.

Lo que Reverón quizás no alcanzó a vislumbrar en su batalla es la paradoja última de la mística: la Luz no se conquista por la fuerza del asalto, sino por la entrega. No se atrapa desde afuera; se le permite impregnar el ser hasta que el observador y lo observado son la misma cosa. Su lucha, trágica y hermosa, fue la de un hombre que intentó asir con las manos y el lienzo aquello que solo se posee cuando se decide, finalmente, ser ella.

Fuentes consultadas

1.Yanes, Oscar. «Reverón no desmiente su locura y amenaza a la municipalidad con el Niño Jesús.» Últimas Noticias, Caracas, 29 de enero de 1953, pp. 5-6.

2.Pérez-Oramas, Luis. «Armando Reverón y el arte moderno.» En: Armando Reverón, 1889-1954 (catálogo de exposición). Madrid: Fundación Galería de Arte Nacional / Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1992, pp. 55-68

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Comments 6

  1. Ana says:
    4 semanas ago

    que belleza de artículo, conocí el Castillete en La Guaira, un lugar mágico, el universo de sus muñecas, sus pinturas asombrosas, tal vez Reverón conoció y vivió esa luz que pintaba y por eso era diferente, único. El Castillete sufrió los embates de la navidad de la Guaira, se conservan partes el el museo de Bellas Artes así como algunas de sus muñecas y su obra, también parte de su mundo fue Juanita, su compañera por años

    Responder
  2. Jaime says:
    4 semanas ago

    La luz cegadora, umbral y espacio de unión entre lo inmaterial y lo percibido por ese algo que nos hace humanos, a partir de Reverón todos vemos la Guaira como el sitio donde los colores y las formas desaparecen pero donde podemos ver el blanco como luz

    Responder
  3. Ismael Zorrilla says:
    4 semanas ago

    Gracias Bernardita. Muy bello escrito de este gran artista venezolano. Me llevó a imaginar cada cosa descrita. Y además, imposible no pensar que vivió tan cerca del lugar en que sucedió la reciente tragedia. Que la luz sea conquistada por él y por todas esas almas.

    Responder
  4. Seba López says:
    4 semanas ago

    “la luz absoluta conlleva la desaparición de lo visible”, gracias.

    Responder
  5. Ana Rivas says:
    1 mes ago

    Me encantó el artículo por su narrativa, elocuencia y el anhelo de Reverón: Conquistar la Luz. No digo nada más, el artículo lo expresa todo. Gracias Bernardita

    Responder
  6. maryangel garcia says:
    1 mes ago

    Que Belleza Bernardita, me conmueve solo la evocación de la Luz que se proyecta, se fragmenta en ese lugar ahora abatido. Gracias por el recuerdo, por la memoria y por recordar a Reveron y la Luz de sus cuadros.

    Responder

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