La humanidad tiene una particularidad; carga sobre sus hombros todo el peso que ha generado los indescifrables raptos de imprudencia y enajenación, ecuación sencilla para recalar en conflictos de todo orden. Ni la luz del entendimiento está de vacaciones ni la febril oscuridad domina por doquier. El intelecto del hombre, digamos su capacidad de razonar, de abstraer y analizar, embiste de diversas formas su propia existencia. Yerra y sigue. No corrige. Repite invariablemente el error de subyugarse. Su finalidad última es aprovechar que piensa y actúa contra unas sombras que se reparten los valores humanos que dice resguardar.
Un procesador binario. Perverso e indulgente como un animal salvaje, que curiosamente sabe nombrar el abismo, pero no evita saltar hacia él. Así estamos. Observando las minas, detallándolas, y dispuesto a pisarlas. El eterno retorno. Se lee en Eclesiastés que “cuanto mayor la sabiduría, mayores son los problemas; mientras más se sabe, más se sufre”. Ciclos van y ciclos vienen, y el conocimiento de las cosas, por sí solo, no garantiza nada, como no sea, adormecimiento. Hace falta un mínimo de entendimiento que supere la inacción.
Mucho pesar y desconsuelo. La ceguera social inducida, el desinterés mancomunado, van cerrando poco a poco todo principio de libertad y respeto. Y no es que no tengamos que “saber”, aprender, formarnos, construir cultura, sino que, como señaló Paramahansa Yogananda, “deseas conocimiento, pero no sabes cómo saber”. Y lo que es más calamitoso: no sabes saber. Nos preñamos de saberes inútiles, de contenidos que bombardean nuestro campo sutil. Le correspondemos a la liturgia del consumo, bajo el consumo. No paramos.
Cuando nos asomamos a la realidad, qué observamos: el mismo patrón, el ensayo primario y salvaje de la naturaleza humana. La autodestrucción como tradición de las formas de existencia, como fermento del ego que ha sido el factor desestabilizador por excelencia. Como no reparamos en su decisiva influencia, nos convencemos que ese es el mejor de los mundos posibles.
Sin embargo, sufrir y resignarse, no es ni el mejor de los mundos posibles ni el estado que merece el planeta. Aunque a eso ha llegado. No ahorita. Haces siglos. Eso de vivir en la infelicidad estable. Es lo que impera. Es un reinado de reinados que ha atravesado el tiempo con absoluta indiferencia hacia las inquietudes del hombre, en especial, sobre aquel que despertó y que decidió autoconocerse en el caos. Está en su derecho cósmico, espiritual, como todos quienes habitamos este plano.
“El ojo no terminará de ver, el oído nunca terminará de oír, pero lo que pasará es lo que ya pasó, y todo lo que se hará ha sido ya hecho. No hay nada nuevo bajo el sol”. Es lo que advierte el Eclesiastés, dícese, de Qohelet, observación que la precede el pensamiento védico, la cual hace énfasis en el recuerdo como el acto de despertar. De allí que el ojo que no termina de ver ni el oído que no termina de oír sean solos aspectos para sanar, ajustar, reajustar, y finalmente procurarnos un saber con conciencia, persuadir el sufrir, y madurar el oficio de pensar.


gracias Ma
El ego es lo que no permite la concentración, nos distrae con pensamientos y rompe la meditación o la oración.